martes, 5 de mayo de 2015

PASEANDO


El día ha sido nefasto: sus padres no la dejan ir al concierto de Justin Bieber. Tampoco puede salir el sábado con sus amigas. Siente que la tienen encerrada y que no tiene libertad. Saca buenas notas y nunca da qué hablar. No entiende por qué sus amigas si pueden salir y ella no.

A él tampoco le ha ido mejor. A su hijo le han vuelto a echar del trabajo y su hija anda como siempre desaparecida. Solo le presta atención si le da dinero. Para rematar, el matrimonio con su mujer sigue siendo insalvable. Lo sabía desde hacía tiempo, pero desde que se jubiló la situación es insostenible. Desea fervientemente que llegue la noche para pasear al perro. Ella solo ansía sacar a su pequeño Bob. Los dos saben que el motivo no son los perros. Todo empezó hace siete meses. Se contaban sus cosas. A ella le encantaría que sus padres le hablasen como él en lugar de chillarle. Él se asombraba de la madurez con la que ella le aconsejaba. Ambos gozan de su mutua compañía y se sienten cómodos, pero hoy han ido un paso más: se han cogido de la mano ante la mirada atenta de sus perros. Él tiene sesenta y cinco años. Ella diecisiete. Saben que es una locura, pero al fin y al cabo las locuras son las que nos hacen sentir vivos.

3 comentarios:

  1. Para los sentimientos no hay edad. No hay edad para sentirse vivos...

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