miércoles, 22 de abril de 2015

MADRE


   No sabía si era mejor que su hija viniese a dormir o no, aunque cuando venía respiraba tranquila porque al menos sabía que no pernoctaría en la calle. Amelia llevaba años sin conciliar el sueño y lo asumía resignadamente. Dos timbrazos a las tres de la madrugada la sacaron de sus reflexiones. Abrió la puerta. Era su hija, o más bien el cadáver viviente que quedaba de ella. Tres eran los días que habían pasado sin saber de su paradero. Tres eran los días que habían transcurrido desde que misteriosamente desapareciese la televisión. La miró con una mezcla de compasión y de rabia y su hija le respondió cabizbaja por la vergüenza. La acercó hasta la cama, le quitó la mugrienta ropa que llevaba mientras examinaba las nuevas marcas que le nacían en los brazos, le puso el pijama y la tapó. La vio dormir plácidamente como si fuese una niña, la misma que su madre veía en el portaretrato que presidía la mesa de noche. Amelia apagó la luz y pasó un momento por la habitación de sus nietas: el único motivo por el que seguir viviendo.

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